Jet lag, burnout, sistema inmune y energía
- Publicado el 12 de Enero de 2026
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- JET LAG
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Hay un tipo de cansancio que no se arregla con “dormir una noche”. Es el cansancio del jet lag, cuando cruzamos varios husos horarios y el cuerpo tarda días en volver a sincronizarse. Es el agotamiento del burnout, cuando llevamos semanas o meses funcionando en un estado de estrés sostenido, con la mente acelerada y el cuerpo en modo supervivencia. Y, con frecuencia, todo esto se acompaña de una sensación clara: menos energía, peor descanso y defensas más bajas.
En nuestra clínica vemos este patrón a diario en personas que viajan con frecuencia, profesionales sometidos a alta carga mental, deportistas, cuidadores o pacientes con sueño fragmentado crónico. Los síntomas suelen repetirse: fatiga persistente, insomnio, niebla mental, irritabilidad, menor rendimiento físico e intelectual, infecciones más frecuentes o una recuperación cada vez más lenta.
Desde una mirada funcional, estos cuadros no son casuales. Detrás suele haber una combinación de desajuste del ritmo circadiano, alteraciones del cortisol, mayor consumo de nutrientes clave y un aumento del estrés oxidativo e inflamatorio.
Conviene aclararlo desde el inicio: no existen soluciones mágicas ni garantías absolutas de éxito. Lo que sí existe, cuando el abordaje es correcto y personalizado, es una alta probabilidad de mejoría, que depende de cada caso y de la experiencia del equipo profesional que acompaña el proceso.
Jet lag: cuando el reloj biológico pierde la referencia
El jet lag no es solo un problema de sueño. Es un fenómeno biológico complejo en el que el reloj interno del organismo queda desalineado respecto al nuevo ciclo de luz y oscuridad. Esto afecta la secreción de melatonina, la temperatura corporal, el apetito, el estado de ánimo y, de forma muy marcada, la regulación del cortisol, la principal hormona del estrés.
Cuando el cortisol se secreta en momentos inadecuados —alto por la noche, bajo por la mañana— aparecen síntomas como insomnio, cansancio diurno, ansiedad, dificultad para concentrarse y sensación de “desconexión” corporal. En personas que viajan con frecuencia, este desajuste puede cronificarse.
Burnout: del estrés mental al agotamiento físico
El burnout suele empezar como un desgaste emocional, pero con el tiempo se expresa en el cuerpo. El sistema nervioso permanece hiperactivado, el descanso deja de ser reparador y el organismo entra en un estado de consumo constante de recursos.
A nivel físico esto puede traducirse en fatiga persistente, tensión muscular, cefaleas, trastornos digestivos, alteraciones del apetito y cambios en la distribución de grasa corporal. A nivel hormonal, muchas personas presentan patrones alterados de cortisol, lo que refuerza el círculo de insomnio, ansiedad y agotamiento.
Sistema inmune y descanso: una relación directa
Dormir mal no solo cansa: desregula el sistema inmune. La falta de sueño y el estrés sostenido favorecen un estado inflamatorio de bajo grado y reducen la capacidad del organismo para responder de forma eficiente frente a infecciones o para recuperarse tras un esfuerzo físico o mental intenso.
Por eso no es raro que personas con jet lag recurrente o burnout refieran que “se resfrían más”, que tardan más en curarse o que cualquier pequeño esfuerzo les deja exhaustos.
Energía: mucho más que café o azúcar
Cuando alguien dice “no tengo energía”, rara vez el problema es solo la motivación. Desde el punto de vista fisiológico, la energía depende de múltiples factores: calidad del sueño, estabilidad de la glucosa, función mitocondrial, oxigenación, equilibrio mineral y disponibilidad de vitaminas que actúan como cofactores metabólicos.
En situaciones de estrés crónico, viajes frecuentes o sobreentrenamiento, el organismo consume más nutrientes. Y si además existen problemas de absorción digestiva, dietas restrictivas o mala tolerancia a suplementos orales, el déficit funcional aparece antes.
Nutrientes y síntomas: qué suele observarse en la práctica clínica
Sin entrar en protocolos cerrados, hay asociaciones que se repiten con frecuencia:
Fatiga y niebla mental: Déficit funcional de vitaminas del grupo B, hierro bajo o ferritina límite, desregulación del magnesio, deshidratación crónica.
Insomnio y ansiedad nocturna: Alteraciones del magnesio, ritmo de cortisol desordenado, hiperestimulación nerviosa.
Bajas defensas o infecciones repetidas: Vitamina D baja, zinc insuficiente, aumento del estrés oxidativo.
Mala recuperación física: Desequilibrio de electrolitos, consumo elevado de antioxidantes endógenos, sobrecarga mitocondrial.
Aquí es donde la reposición de nutrientes, bien indicada, puede marcar una diferencia real en los síntomas.
Estudios analíticos útiles en este contexto
Para orientar correctamente el abordaje, pueden ser de ayuda análisis como hemograma, ferritina y hierro, vitamina B12 y folato, vitamina D, perfil tiroideo, marcadores básicos de inflamación, glucosa y metabolismo, función hepática y renal, minerales seleccionados, cortisol y estudios de estrés oxidativo.
Estos son solo algunos ejemplos de estudios interesantes, que deben ser indicados y evaluados por el médico, según la historia clínica y los síntomas de cada persona.
Suplementación oral: la base del abordaje
En la mayoría de los casos, el primer pilar terapéutico es la suplementación oral bien diseñada, junto con cambios en hábitos y descanso.
Aquí entran en juego los adaptógenos, un grupo de sustancias de origen vegetal que ayudan al organismo a adaptarse mejor al estrés físico y mental. Los adaptógenos no estimulan de forma artificial, sino que favorecen una respuesta más equilibrada del eje estrés–energía–recuperación. Su elección debe ser individualizada, ya que no todos los adaptógenos son adecuados para todas las personas.
Desde una mirada epigenética, los nutrientes actúan como señales biológicas que influyen en cómo se expresan nuestros genes relacionados con energía, inflamación y resiliencia. Por eso, cada vez cobra más importancia apoyar la suplementación en estudios integrativos, como los análisis de minerales intracelulares, que permiten afinar mejor qué aportar y en qué dosis, evitando tanto déficits como excesos innecesarios.
Nutrición endovenosa: cuándo puede ser una herramienta útil
La terapia endovenosa no es un sustituto del descanso, la alimentación ni la suplementación oral, pero puede ser una herramienta complementaria en situaciones concretas.
Suele considerarse en casos de:
Trastornos de absorción digestiva o intolerancia marcada a la vía oral.
Déficits nutricionales persistentes que no mejoran con suplementación oral.
Estados de alta demanda fisiológica, como viajes frecuentes con jet lag severo, estrés sostenido o sobrecarga deportiva.
Periodos de recuperación tras enfermedad, cirugía o agotamiento profundo.
El beneficio principal de la vía endovenosa es que permite aportar nutrientes directamente a la circulación, evitando el paso digestivo, lo que puede traducirse en una respuesta más rápida en términos de energía, hidratación, recuperación y sensación de bienestar general. Siempre debe indicarse tras una valoración médica adecuada y como parte de un plan global.
Un enfoque realista y humano
En nuestra clínica, estos cuadros se abordan de forma progresiva y personalizada. No se trata de hacer “todo a la vez”, sino de identificar los factores que más están pesando en cada caso: sueño, estrés, déficit nutricional, sobrecarga física o mental.
Insistimos siempre en lo mismo: no hay soluciones mágicas ni garantías absolutas. Pero cuando se corrigen los desequilibrios de base, se optimiza el descanso y se reponen los nutrientes adecuados —por vía oral o endovenosa cuando está indicado—, la probabilidad de mejorar energía, sueño, sistema inmune y rendimiento es alta.
El factor decisivo suele ser la individualización y la experiencia profesional del equipo que acompaña el proceso.
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Sobre el Autor
Dr. Ramiro Diego Abran
Medicina Deportiva y regenerativa, Fisioterapia y Nutrición
Cuando mis pacientes acuden a la consulta es porque ya han probado con los tratamientos más básicos, llegan con un diagnóstico y decididos a realizar alguno de mis tratamientos.Los tratamientos que más frecuentemente realizamos en la clinica están asociados a la ozonoterapia, terapia con plasma rico en plaquetas, mesoterapia y algun tratamiento biologico con base en proteinas, minerales y vitaminas.
